Brazil, una antiutopía
por Ricardo Chamorro
Muchas cosas se han dicho acerca de la película
Brazil. Entre ellas, la más recurrida, es aquella
que dice “se trata de una película que retrata
la alienación del mundo moderno”. Es curioso
observar, sin embargo, que no se trata de una película
sobre el futuro, tal vez ni siquiera sobre el presente.
Por supuesto, la película es mucho más de
lo que el análisis revisteril ha querido mostrar.
Partamos por lo básico. Brazil cuenta
la historia de una ciudad, y de un hombre dentro de ella,
que viven la burocracia al punto que esta lo domina todo,
incluido el terreno de los afectos. El sistema se hace
funcionar de manera “perfecta” a base de miles
de funcionarios ordenados y eficientes que jamás
cometen errores. Al menos eso es lo que pregonan los líderes.
El protagonista es otro funcionario más, un tipo
existencialista, que se cuestiona su entorno y, mas aún,
cae constantemente en el vicio de la ensoñación,
lo que lo lleva a vivir una especie de doble vida. Es un
hombre con deseos de rebelarse y diariamente lleva a cabo
algunos pequeños e inocentes sabotajes. Hasta que
termina convirtiéndose en un auténtico rebelde.
Y eso le lleva a un destino inevitable, del tipo que corresponde
a esa clase de marginales.
Como ya lo adelantaba, no se trata de una
película que hable del presente, no para mi gusto.
De todas formas es un futuro que pudo “haber sido” de
continuar las condiciones imperantes en el ámbito
estatal hasta finales de los 70. Pudiese ser que relate
de manera eficaz la realidad del Uruguay de los 60, ese
que aparece retratado en novelas como “La Tregua” de
Benedetti o “Un pequeño Café” de
Marco Denevi. Del Uruguay de esos años, se decía
que era “toda una enorme oficina”, a tal extremo
lo había consumido la burocracia. Prácticamente
todos en Montevideo trabajaban para el Estado, en alguna
de las infinitas reparticiones públicas que le componían.
Estamos hablando de una época en que no existían
computadoras, lo que significa que no era posible acumular
información en formato electrónico hasta
un limite casi infinito, como es la situación actual.
Tampoco existía la capacidad de procesamiento electrónico
rápido. En definitiva, la solución fue convertir
al estado en una “máquina de procesar” donde
cada elemento hacía tareas únicas y diferenciadas.
Una especie de “Fordismo” aplicado a las organizaciones.
La película “Brazil” muestra una realidad
burocrática llevada al extremo. Salvo que hay un
nivel de desarrollo tecnológico un poco mayor. Básicamente
se mantienen las mismas soluciones tecnológicas
de los 60: las computadoras son máquinas de escribir,
las pantallas son las utilizadas en los antiguos “microfilm” (aún
se pueden ver algunos en el poder judicial chileno), los
automóviles del empleado promedio son “huevitos”,
el papel y el archivador son los elementos fundamentales,
el correo es “neumático”, etc etc. La
película está llena de pequeños detalles
tecnológicos semejantes.
En Brazil todos trabajan para el estado
y el que no lo hace se muere de hambre o se hace rebelde,
lo que significa que empezarán a buscarte. De esta
forma, el estado se ha metido en todo, lo que hace de esta
película un buen ejemplo de obra “Antiutópica” como
Fahrenheit 451, 1984, Matrix o Un mundo feliz. En todas
ellas se imagina un mundo, en los que un cierto “sistema”,
totalmente lejos del control de los ciudadanos, rige
y ordena el mundo. El apelativo “anti” viene
del hecho que, para el espectador, dichas invenciones son
poco deseables. Se plantean moralmente como advertencias,
respecto de elementos especialmente totalizadores dentro
de la sociedad presente. Por ejemplo, 1984 las emprende
contra la televisión y Un mundo feliz, contra las
drogas “socialmente establecidas”. Para el
caso de Brazil, es absurdo pensar que ese mundo pudiese
existir alguna vez: ya estamos demasiado acostumbrados
a no ser funcionarios de maquinarias estatales y a un cierto
tipo de paradójica “libertad” dado
por la instantaneidad del mail, del celular y las noticias
al instante. A una sociedad como la nuestra le acecha mucho
más un futuro como el mostrado por Matrix, y eso
la hace más inquietante que Brazil.
De todas formas, Brazil es una película
compleja y llena de metáforas, por el hecho de hablarnos,
además, de la evasión. La forma en que el
personaje escapa a la totalización y al sistema,
es mediante sueños. Sueños que pronto van
mezclándose con la realidad, a medida que el avance
de los hechos convierte al protagonista en un marginal.
El formato de esos sueños contiene muchos de los
paradigmas del héroe: la heroína pura y bella,
el rapto de la heroína, el horrible monstruo muchísimo
más grande que el héroe (resabios del David
contra Golliat), la gran batalla del héroe contra
el monstruo, el triunfo final gracias a la osadía
y la astucia. Pero el protagonista no es un héroe épico.
Es un héroe tragicómico y es posible establecer
paralelos indudables con otro de los grandes héroes
tragicómicos de todos los tiempos: el mismísimo
Quijote. Para muestra un botón: la delicada dama
de los ensueños del protagonista es, en la realidad,
una mujer ruda y vulgar, una auténtica Aldonza Lorenzo
de la era burocrática.
A mi gusto Brazil es una película
totalmente superada en términos políticos,
sin embargo, su estética, su descripción
fidedigna de una época, su forma de abordar el
eterno tema del héroe, sus guiños al Quijote,
su guión establecido 100% sobre la ironía,
la convierten en un clásico. |