La trasgresión como sustento
de la vanguardia
por Ricardo Chamorro
Ocurren cosas muy extrañas en el
mundillo del arte. Por ejemplo, que obras realizadas
con, a veces, escaso esfuerzo lleguen a costar mucho
más que los insumos y el trabajo productivo del creador.
¿Qué es lo que está pagando el coleccionista al comprar
a precios fabulosos?
Recientemente se publicó en Argentina una investigación
que señala que el grupo de los compradores se constituye
de especuladores y gente que ama el arte. El especulador
es un negociante cualquiera buscando comprar barato y vender
caro. Y es un hecho asombroso que existan especuladores
asociados al mundo del arte, porque ¿porqué tendría que
costar caro, por decir algo, un tiburón en formaldehído,
refiriéndome a una de las obras más famosas de Damien Hirst?
¿Qué está pagando el coleccionista ruso que paga millones
por una de estas construcciones? Se dice que uno de los
fundamentos del arte, por lo menos uno del tipo de Hirst,
es la trasgresión, entonces ¿el magnate ruso paga por tener
un espacio trasgresor en su mansión? Es extrañísimo. Por
otro lado, implicaría que solo connotados magnates tienen
acceso a la trasgresión, el común de los mortales debe
conformarse con ver la foto, “si es que”. La conclusión
es sorprendente, porque nos lleva de inmediato a lo que
podría calificarse como “la aristocracia de la trasgresión”:
solo unos pocos elegidos (y muy millonarios) tienen acceso.
Es decir, la elite del arte, y todo su proceso “productivo”
convertido en una metáfora del libremercado.
Uno podría empezar a divagar acerca de la trasgresión.
¿Toda trasgresión es arte? Una de las obras de Damien Hirst
consiste en una vaca ahorcada con las vísceras expuestas.
Demasiado brutal, en el límite del mal gusto. Pero a un
magnate ruso, un sujeto sin duda brutal, una cosa como
esa le encanta y la expone en su living. De inmediato,
uno puede ver, desde otra óptica, el proceso como enfermo:
el artista es un enfermo y el comprador también. Ambos
participan de un cierto trastorno de personalidad. Pero
es un lujo que pueden darse por el hecho de tener dinero.
Entonces, uno se pregunta ¿tan valiosa es la trasgresión?
¿siempre lo ha sido o es una cosa de nuestra época solamente?
Recordemos que los circos romanos, y todos los gustos romanos,
incluían actividades chocantes a la mente del hombre actual.
Todo era orgía de violencia y sexo. Y curiosamente, no
era trasgresión, porque era la habitualidad. Trasgresor
era ser cristiano: un tipo con moral de fierro y con algo
de estoicismo, capaz de arrojarse a los leones y ser material
para la brutalidad.
Una de las características que podemos achacar al comprador
de Europa del Este es que se trata de un gran conocedor
de la censura. Estuvo censurado durante una época. No podía
disfrutar de cualquier manifestación artística. Solo aquellas
permitidas por el partido. Y ahora que tiene toda la libertad
del mundo, dada no solo por el sistema político, sino también
por el mercado, resulta que se pone a comprar obrar que
calan más y más hondo en la mentada “trasgresión”. Un marxista
convencido calificaría a damien hirst un “artista burgués”.
Pero es más que eso.
La trasgresión depende de cada cultura. No es lo mismo
la trasgresión en el islam que la trasgresión en Sudamérica.
Ni tampoco es lo mismo la trasgresión en cada uno de los
países sudamericanos, ni siquiera es lo mismo la trasgresión
en las diferentes capas de la sociedad de cada país. A
veces la trasgresión cambia dependiendo del barrio. Por
ejemplo, sacar una foto en 10 de julio es muy trasgresor.
De inmediato aparecen los deshuesadores (todos con algo
que ocultar) a quitarle la cámara a “uno” o mínimo a expulsarle
a “uno”. No vaya a ser “uno” un policía encubierto. Otro
caso: hablar ciertos temas en los círculos cercanos a Sanhattan
es muy trasgresor. Por eso, la búsqueda, y la exposición,
de los temas que pueden calificarse de trasgresores en
determinada sociedad, o capas de ella, es una investigación
sociológica en alguna medida y que permite la radiografía
de la sociedad. Hay trasgresiones muy extremas y determinadas
sociedades pueden quedar en estado de trauma al momento
de exponerlas. Las trasgresiones que tienen que ver con
animales son mal vistas en sociedades urbanas, en las que
el contacto con la animalidad se reduce a la compra en
el supermercado. Sin embargo, mostrar una vaca ahorcada
con las vísceras al aire puede no ser más que la cotidianeidad
en un matadero. Por lo tanto cabe la pregunta ¿existe la
universalidad de la trasgresión? Yo creo que sí. Es decir,
hay montones de cosas que los artistas podrían incorporar
y que, de seguro, serían trasgresoras aquí y en la quebrada
del ají. Pero ¿qué sentido tiene? Son un poco autodestructivos
esos ejercicios. Sin duda que los atentados contra la vida
son extremadamente trasgresores. Matar humanos en masa
puede ser muy trasgresor.
Pero al final de cuentas, la trasgresión no es el único
elemento que el arte debe buscar. En otros artistas es
la perfección técnica o la sensación. La trasgresión debe
ir acompañada de algo más para poder validarse. Por lo
menos de un mensaje. ¿Un mensaje de qué? ¿Quién erige al
artista en un ente válido para emitir mensajes a la sociedad?
En un principio, él mismo. Si tiene algo de influencia,
ya sea por el dinero o por el apellido, lo erige la familia.
Las familias de abolengo son muy buenas para erigir a sus
retoños en baluartes de “algo”. No es como cuando Edwards
Bello sufría el destierro por culpa de la literatura. No.
Ahora las familias de abolengo encuentran que es “de lo
más que hay” tener un retoño rebelde. Es como tener un
fundo, una casa en la playa, un hijo que se ocupe de los
negocios, etc. Son cosas que todo clan que se precie debe
tener. Es necesario que exista “su” trasgresor dando vueltas
por ahí. Y lo alimentan con todo aquello que un trasgresor
debe tener: arte de avanzada, paseos por el MOMA, asistencia
a las escuelas de arte del primer mundo, una temporada
en el tallercito de warhol o que se yo, estupideces semejantes.
Concluyo: para un rico es muy fácil ser trasgresor.¿Qué
ocurriría si, de pronto, todos se transformaran en trasgresores?
Yo predigo que quedaría “la pura cagada”, a no ser que
se definan de manera muy clara y regulada cuáles son los
marcos en que la trasgresión es posible: museos, etc. Pero
eso ya señala un límite, de tal forma que la trasgresión
puede desear traspasarlo como parte de su propia metodología.
Esa palabra es clave. Para la construcción teórica de la
trasgresión, es necesario definir de inmediato su “antagonista”:
el límite. ¿cuáles son los límites? ¿dónde están? ¿quién
los define? El arte trasgresor de hoy en día perfectamente
puede ser un arte pauteado por la elite. Un arte que pone
los temas que la elite quiere que se pongan. No temas necesarios,
no temas que el público quiere ver. En el arte callejero,
por ejemplo, la trasgresión es el muro. El acto de pintar
es trasgresor, porque es la prohibición. El contenido,
en tanto, puede perfectamente tener carta de ciudadanía.
Muchas veces es así. De esta forma, la trasgresión tiende
a desaparecer. El guardia municipal dice “déjalo no más,
está bonito el mono”.
De esta forma, volviendo
al principio, el fenómeno es notable: el acceso
al arte de vanguardia mediante este filtro dado
por el precio de las obras estaría causando lo
que antiguamente causaba la censura. Solo una pequeña porción
de la sociedad, una elite, estaría accediendo a estas obras.
Si el coleccionista no tiene interés en presentar la obra
al público, pues simplemente no la muestra. No me extrañaría
la existencia de un grupo de millonarios preocupados de las
buenas costumbres que, simplemente, compran este arte con
el objetivo de borrarlo del público. Las perspectivas de
un sistema como este se vuelven siniestras. Se puede, perfectamente,
tirar al alza determinadas obras indeseables con el objetivo
que no caigan en manos equivocadas. Tal como en la película
“ojos bien cerrados” en la que se establece el derecho a
la orgía solo para una pequeña y refinada elite, el derecho
al arte de vanguardia se vuelve derecho para unos pocos.
Y todo eso con la venia, la aceptación y la colaboración
de los propios artistas. El beneficio que obtienen es demasiado
grande para resistirse. No se trata solo de una cuestión
de precio. Es el sistema artístico completo el que se haya
orientado a una cierta jerarquización. El ascenso a la cumbre
del arte es un camino pedregoso e implica, de inmediato,
el contacto con las elite, los poderes fácticos, los millonarios,
el exclusivo club de Forbes. En Chile, los poderes fácticos
del arte están manejados por los mismos apellidos que controlan
el resto de la sociedad. Son los mismos círculos de poder.
Y el artista promedio no hace más que intentar llegar a esa
elite convirtiéndose en un arribista para poder surgir, modificando
su lenguaje, su vestimenta, etc. Pero en Chile nada es fácil
para el artista promedio. El apellido pesa infinitamente
más que las acciones arribistas.
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