Los que se quedan en sus
casas
por Ricardo Chamorro
La televisión se inventó como
una rara forma de entretención, en la cual uno deja
de ser un “humano” para transformarse en un “telespectador”.
Un telespectador es alguien que ve televisión. Una
pregunta que se puede hacer es ¿porqué el
hombre ve televisión? Y otra pregunta que surge
a continuación es ¿porqué hay algo
en la televisión cada vez que la prendemos?. Ambas
pueden parecer preguntas triviales y ociosas. Pero no es
así.
La primera pregunta tiene que ver las motivaciones
del sujeto para sentarse frente a la pantalla. El tipo
está diciendo, “ok, no saldré a caminar,
no iré a ver a mis amigos, no haré nada de
eso, estaré mirando este aparato”. De esa
manera, uno decide. Uno hace un intercambio: entrega “atención” (y
por lo tanto tiempo) a un aparato. Veámoslo desde
el punto de vista de la economía energética:
se está entregando energía a un aparato. ¿Qué es
lo recibe a cambio?. Está recibiendo placer.
La segunda pregunta ¿porqué hay
algo en la televisión cada vez que la prendemos?,
dice relación con las motivaciones de la contraparte,
la que se halla formada por una inalcanzable industria,
que se nos hace constituida de seres felices y bellos.
La contraparte, como todas las industrias, quiere obtener
dinero. Por supuesto, está de por medio el placer
de hacer “el producto”, lo que se relaciona
con “gustarle a uno a la pega”, pero en los
términos del intercambio pantalla-telespectador
es dinero lo que se transa. Al unir la respuesta a las
dos preguntas anteriores no puede sino sorprendernos el
resultado: el acto de ver televisión transforma
la energía de millones de televidentes, en dinero.
La situación es, por lo tanto, que el acto de ver
televisión nos convierte en parte de una industria
y de un proceso. Estamos “produciendo” sin
que nos demos cuenta.
Para seguir con las sorpresas: el aumento
de horas en que uno ve televisión consigue, a su
vez, un funcionamiento más extenso del proceso.
Las “parrillas programáticas” de los
canales buscan, incesantemente, aumentar el número
de televidentes y el número de horas en que éstos
ven televisión. Este “deseo” de los
canales va, comprensiblemente, muy lejano a los procesos “normales” de
la vida: el televidente ideal duerme menos, toma menos
aire, hace menos actividad física, pasa más
tiempo encerrado, conversa menos con otros seres humanos
y, probablemente, también piense menos que el promedio.
Aunque, bueno es decirlo, en un país excesivamente
televisado como el nuestro probablemente el promedio referido
no es muy alto. Lo de “excesivamente televisado” no
es una afirmación sin fundamento. Lo confirman las
cifras y algunos ejemplos caseros: me han tocado algunos
colectiveros que ponen un televisor para él y el
pasajero. Pronto el metro instalará pantallas dentro
de los vagones.
Hay elementos quizá poco éticos
en las cadenas de televisión: se transforma a un
ser humano en parte de una cadena productiva y se le “rapta” de
su familia, sus hijos, sus obligaciones. Se les aumenta
la barriga y el sedentarismo. Se les está también
raptando de sus ambiciones y sueños. Al cabo de
años de exposición mediático-pantallesca
el sujeto casi no tendrá sueños, o si aún
conserva alguno los considerará inalcanzables. El
sedentarismo le habrá disminuido mucho sus deseos
de luchar por ellos. Lo que se les hace noche tras noche
a los “amables televidentes” es bastante poco
amable.
Lo más seguro es que los analistas
de la tele sepan con mucha claridad lo que explico más
arriba. Pero es probable que no les amargue ni les cause
culpa. Es probable que lo asuman con cierto cinismo.
Los que lean esta crónica puede que
piensen, con mucha razón, “y este güeón
que se queja. Seguro que ve tele como todos”. Pero
esa queja no corre para mí. No tengo tele por suerte,
por lo tanto “no veo tele como todo el mundo”.
La veo de una manera particular, en la casa de los amigos,
en los restaurantes, en los buses, etc. Cuando puedo veo
tele. ¿Porqué no tengo tele? La explicación
es simple: si tuviera, la vería. |