Viridiana
por Ricardo Chamorro Se supone que el asistencialismo es una
especie de solución a la pobreza, dada por cierta vertiente
católica. El asistencialismo se basa en la debilidad
intrínseca del otro, como hipótesis de fondo. Pero eso
no es así. El otro quizá puede ser más débil en el entramado
de la sociedad completa, pero eso no quiere decir que
sea débil dentro del submundo de los parias (mendigos,
inmigrantes, flaites, etc). Puede que sea un líder en
ese contexto. Si en una de las prácticas asistencialistas
se le ha faltado el respeto al líder (en alguna sutil
forma que el “asistente” desconoce) no le queda otra
opción al “paria líder” que actuar de manera violenta
con quien le da la ayuda. Está obligado por las reglas
internas de la comunidad de parias. De lo contrario,
su liderazgo está en juego. No sé si los asistencialistas
realmente comprenden que podrían estar frente al peligro
debido a este efecto.
La solución consiste en no asignar una debilidad intrínseca
al “pobre”. Se requeriría una forma más democrática de
acercarse. Una forma que tenga más relación “humana”
entre los sujetos y con eso me refiero a una cierta consideración
de igualdad. En rigor, no es que lo esté pidiendo yo.
En rigor es una solicitud de los humanistas, desde muy
antiguo. Lamentablemente, no es posible satisfacer la
solicitud de buenas a primeras por una razón muy simple:
la ambición. Me refiero a la ambición en un sentido amplio.
El ambicioso, por definición, quiere “ser más”. Eso implica
una cierta disconformidad con su estado, al que considera
un estadio incomodo que debe dejar atrás. Por lo tanto,
en la base de la ambición existe una categorización social
entre los que “son menos” y los que “son más”. Por supuesto,
la ambición no es una cuestión de otro planeta o dictada
por Satán. Es algo que se halla en la mente de todos
los seres vivos. Hay una cierta disconformidad esencial
con el “estado actual”. No es algo que les pase a todos,
le pasa solo a algunos. La estructura de la ambición
es bastante geometrizable: el ambicioso está aquí, pero
quiere estar allá. El allá lo considera (luego de quien
sabe qué evaluaciones) un lugar mejor que el acá. Eso
lo obliga a recurrir a la energía para realizar ese tránsito.
Finalmente cuando llega al allá, si le alcanza la energía,
puede desear moverse de nuevo. Esta ambición esencial
del ser humano lo ha llevado a sobrevivir en situaciones
de crisis, a salir de atolladeros. El ser humano, enfrentado,
por ejemplo, a la aridez de su entorno ha optado constantemente
por quedarse o por moverse. Ha conquistado prácticamente
todos los ambientes de la tierra y ahora sigue con el
espacio.
Existen argumentos desde la biología que pueden justificar
la ambición. Esto, de inmediato introduce una división
social: por un lado están los que se quedaron “en lo
peor” y los que habitan “en lo mejor”, los humanos del
nuevo entorno del ambicioso. De esta forma, el que ambicionó
puede desear volver al punto de origen a “ayudar” y en
ese sentido se está empezando a ser asistencialista:
se entrega un regalo, sin esperar nada a cambio, sin
proponer la simetría en el regalo, y con eso se fomentan
los primeros mendigos. Los que viven del regalo de otros.
Este es un punto importante y que no debe ser pasado
por alto. Desde Levy-Strauss que el regalo es un elemento
importante en las relaciones humanas. El regalo es la
entrega, pero siempre se espera algo a cambio. Esta simetría
es consustancial al concepto de regalo. Es esencial en
el “empate” que observó Levy-Strauss en las sociedades
frías.
Todo lo anterior me surge como corolario de la película
“Viridiana” de Buñuel. La película trata, entre muchos
temas, sobre las relaciones entre un grupo de mendigos
y una mujer que los asiste desde la caridad cristiana.
El asistencialismo es total. En una escena de la película
se hace un poco la analogía, pero es muy fugaz. En ese
asistencialismo es clave el hecho de considerar a los mendigos
“pobres” (o “pobrecitos”, más bien) y débiles. Ellos juegan
también ese papel en sus formas de ser y en su teatro:
actuar de débiles es parte del oficio de mendigo. Llaman
madrecita a la asistente. Para la protagonista la realidad
se vuelve muy dura cuando descubre que sus mendigos no
son “pobrecitos” sino que pueden fácilmente llegar al crimen.
Una criminalidad dirigida a ella misma, a la “santa” que
“ayuda” desinteresadamente a los pobres. En una de las
escenas finales Viridiana casi es violada por uno de los
mendigos. Luego de ello el universo de deseos, ideales
y apuestas vitales que realiza la protagonista se resquebraja.
Pierde todo asidero y la única salida posible es la resignación.
Por supuesto, Buñuel es profundamente anticlerical y culpa
a la religiosidad de los males del mundo. Ahora sabemos
que hay cosas peores.
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